DIOS ES AMOR, MEJOR CON HUMOR

sábado, 29 de septiembre de 2012

"Nos ha costado mucho llegar hasta aquí, y ahora nos quedamos sin nada La clase media, en la encrucijada.

"Nos ha costado mucho llegar hasta aquí, y ahora nos quedamos sin nada La clase media, en la encrucijada.


“Prefiero triunfar en mi vida antes que en mi profesión. Quiero centrarme en mi relación, tengo ganas de trabajarla y de cuidarla”. El silencio que sigue a esa afirmación, que apenas dura seis o siete segundos, se hace largo. A., una profesional liberal que acaba de cruzar la treintena, me hace esta reflexión en el tren, de regreso a casa, después de muchas horas en un trabajo en el que cada vez disfruta menos. Su tono no trasluce gran ilusión; más bien denota cierto cansancio, nacido de la sensación de que su vida no está marchando como había imaginado. A. está sopesando marcharse de Madrid y regresar a su ciudad natal, donde le espera una pareja con la que lleva año y medio de relación, aun cuando las oportunidades laborales que encontrará en su retorno no parecen muy atractivas.
No es extraño que A. vuelva los ojos hacia las cosas que entiende verdaderamente importantes, como el amor, en un mundo que se está volviendo demasiado sombrío. En las épocas de crisis el viraje hacia valores afectivos parece una de las constantes: en la medida en que el exterior genera malestar e insatisfacción, más procuramos cuidar el bienestar mental, y más aún el sentimental. Las relaciones de pareja, la familia, los amigos íntimos o las pequeñas comunidades se nos muestran como lugares acogedores en los que refugiarse de las inclemencias de la realidad. En el caso de A., lo que parece no funcionar son sus expectativas laborales, algo muy común en muchas personas de su generación, que esperaban una trayectoria profesional más satisfactoria, en remuneración y visibilidad. La promesa latente en la que se criaron (“Fórmate y llegarás lejos”) se ha convertido en un empleo a menudo exigente, poco reconocido y mal pagado. La crisis, además, ha hecho que las pocas perspectivas de mejora se vean congeladas y que las posibilidades de salir fuera del mercado laboral se multipliquen. Pero ni siquiera esa amenaza latente parece ser un problema para A. Se trata, más bien, de la sensación de que por ese camino no hay nada para ella, de que no hay ningún trofeo que merezca la pena después de cruzar la meta.


Muchos jóvenes tienen trabajos exigentes y mal pagados. Foto: Daniel Parreño

Una de las características más amargas de la crisis es que no sólo nos hace enfrentarnos a un presente difícil, sino que rompe todos los planes de futuro. De pronto, somos conscientes de que aquello que esperábamos para nuestra vida es muy probable que ya no vaya a suceder, que esa línea continua de progreso personal quizá invierta su dirección. Uno de los motivos que más ayuda al bienestar presente es pensar en nuestra vida como sujeta a procesos de mejora y es esa esperanza en tiempos venideros lo que la recesión está quebrando. Por eso el repliegue hacia lo familiar y afectivo no sólo tiene que ver con que vayamos en busca de ese calor que este mundo hostil nos niega, sino de que es producto de un desengaño acentuado en la posibilidad de cambio. Como A., muchas personas dudan de que las ideas de autorrealización que emite nuestra sociedad vayan a cumplirse en su caso, y prefieren apostar por sentir y vivir más intensamente todo lo que tiene que ver con lo sentimental: lo afectivo se convierte así tanto en el signo de un desengaño como en el de una renuncia. Es todo ese espesor vital el que se revela en el silencio de A. La veo mirar por la ventana, bajar la cabeza, y un par de segundos después, cambiar de conversación, como si no tuviese mucho sentido ahondar en el tema.
Llegar a la madurez y encontrarse con el vacío
Su mirada transmite algo oscuro. Hay destellos de indignación y de cansancio, pero quizá el rasgo que les defina de un modo más preciso sea ese despecho típico de quienes se sienten engañados. Desde luego, es el sentimiento dominante hoy, cuando se han reunido  para protestar por los problemas que están teniendo para percibir sus honorarios. Son abogados adscritos al turno de oficio (ese mecanismo institucional creado para que personas sin recursos puedan contar con asistencia letrada en los procedimientos legales que les afecten), profesionales por cuenta propia que suelen pasar de los 40 años y que pertenecen a esa capa social de la que se espera que tenga la vida encauzada.


Son gente que no te esperas encontrar metidos en protestas. Foto: Daniel Parreño
 También lo esperaban ellos, ya que se criaron en la convicción de que la formación superior les permitiría ganarse la vida con cierta holgura (e incluso gozar de cierto prestigio social). Confiaban, además, que según fuesen cumpliendo años, irían ascendiendo escalones y asentándose profesional y vitalmente. Al fin y al cabo, era lo que habían visto en la generación de sus padres, muchos de los cuales habían logrado, partiendo de la nada, costear a sus hijos esa formación que ellos no tuvieron oportunidad de recibir. Para personas que habían crecido en ese contexto, la madurez era vista como la etapa en que terminaban de asentarse todos los esfuerzos personales y profesionales realizados a lo largo de la vida, un instante en que se podía empezar a mirar atrás y a contemplar con satisfacción lo ya conseguido.

Ahora ya no sólo saben que un título no garantiza nada, sino que están viviendo en su piel cómo esa versión lineal del progreso se ha roto por completo. Como me dice M., mientras sus compañeros protestan en la puerta del Colegio de Abogados de Madrid, “nos ha costado un montón llegar hasta aquí. Hemos trabajado mucho, pasando muchas noches de guardia yendo a comisarias lejanas a las cuatro de la mañana, incluso jugándote el físico, y todo para conseguir que tu despacho funcionara. Y ahora llegan y nos lo quitan todo”. M., una abogada en la treintena, habla de un conflicto que les enfrenta a la Comunidad de Madrid y que se sustancia en servicios que se cobran con más de un año de retraso, en una reducción de las tarifas por servicio prestado y de una disminución del número de encargos a realizar a cuenta de la justicia gratuita. Pero más allá de las reivindicaciones profesionales concretas, lo que M. me transmite es ese sentimiento de estar perdiendo el futuro compartido por buena parte de la clase media empobrecida que tan habitual se ha hecho en nuestras ciudades.
La clase media despreciada
Hablamos de gente cuyos problemas son poco visibles, a los que el resto de la sociedad contempla encogiéndose de hombros, como si se quejaran por nimiedades. No hablamos de gente que busca en las basuras para poder comer, ni de ocupantes de chabolas, ni de familias que han de vivir en la calle, esas situaciones típicas que conforman el imaginario de la exclusión social, sino de una clase media formada por comerciantes que han debido cerrar sus tiendas, por pequeños y medianos empresarios venidos a menos, trabajadores cualificados en paro y, como ocurre con los abogados, titulados universitarios que hoy no saben cómo saldrán adelante. 
Son personas que están afrontando un descenso en su nivel de vida cuyas consecuencias superan con mucho la mera perspectiva material. Muchos de ellos tienen la sensación de haber hecho lo que debían, esto es, de haber cumplido con su parte (se formaron durante años, o invirtieron un dinero propio en poner en marcha un negocio, o trabajaron muchas horas al día para sacar adelante sus proyectos) para acabar tropezándose con un vacío inexplicable. Hay arquitectos que han montado empresas de pequeños arreglos, exdirectores de sucursales bancarias que conducen taxis  y abogados que trabajan sirviendo copas, ejemplos múltiples de ese paisaje de desclasamiento que tan común se ha vuelto en el horizonte del siglo XXI postcrisis.
Quizá por ello, su indignación, esto es, ese sentimiento de haber sido engañados, no se encauza hacia lugares concretos. El más común es la invocación en abstracto a la responsabilidad de los políticos, a quienes se visualiza como causantes del deterioro, pero se trata de una expresión sin demasiadas consecuencias políticas, más allá de esas conversaciones airadas en la máquina del café o en la barra del bar. Lo que sí resulta llamativo en el caso de los abogados de oficio es la insistencia con la que señalan a sí mismos, en tanto colectivo, como responsables últimos del deterioro.
“La gente pasa de todo, y así nos va”
Hablo con J.C., un abogado de hablar pausado y maneras de clase media alta, ese tipo de gente que piensas que nunca se verá involucrada en protestas como estas. Me cuenta que pocas cosas les son reprochables (se han formado cuando se les pidió, han prestado sus servicios cuando les fueron requeridos, realizaron inversiones para poner en marcha o mejorar sus despachos cuando fue necesario), salvo no haber sabido defenderse. Si las cosas van mal ahora no es a causa de malas decisiones, de falta de atención a su oficio o negocio o de una mala visión comercial, sino de haber ignorado colectivamente los problemas cuando comenzaron a producirse. “Somos profesionales liberales, y por tanto gente muy individualista. Trabajamos cada uno en nuestro despacho, no solemos juntarnos con otro compañeros salvo en los juzgados y carecemos de una conciencia común”. Pero esas explicaciones acerca de un carácter genérico rápidamente dejan paso, cuando otras personas se suman a la conversación, a una rabia apenas disimulada acerca de quienes formando parte del colectivo nunca han dado la cara. Si las cosas les van mal, es precisamente porque no han tenido el valor de plantear un conflicto abierto; el miedo a enfrentarse a quienes mandan ha hecho que, a base de pequeños cambios, el panorama les haya cambiado por completo. “La gente no da la cara. Pasa de todo. Y así nos va”.
 La clase media se está empobreciendo rápidamente.  

Esas mismas críticas las pude escuchar hace ya cuatro años, en otra de las acciones que el colectivo llevó a cabo cuando el conflicto estaba iniciándose, y parece que no se ha avanzado mucho en ese camino. Pero lo relevante de este sentimiento persistente no está tanto en las consecuencias prácticas para el sector cuanto en lo que revelan de nuestra sociedad.  Los abogados de oficio forman parte de una clase media sujeta a eso que los franceses llaman desclasamiento, y a la que ni siquiera le queda el consuelo de pensar que las cosas van a mejorar. Muchos jóvenes saben que se mueven en malos tiempos, pero conservan la esperanza de que, en lo particular, el futuro les deparará algo brillante. Son conscientes de las dificultades, pero confían en que las cosas cambiarán de signo en algún momento. La gente de mediana edad sabe ya que los cambios, para ellos, serán a peor, y eso genera un malestar profundo que suele demandar culpables. Si el repliegue hacia lo afectivo que aparecía en los dilemas de A. tenía que ver, como señala el experto en comunicación política Antoni Gutiérrez-Rubí, con esa “añoranza de lo pequeño y lo conocido emanada del aumento de la frustración y de la desconfianza en que los horizontes colectivos sean compatibles o imprescindibles para el progreso”, este malestar flotante respecto de quienes son como nosotros (o, al menos con quienes compartimos intereses) abre la puerta hacia una sociedad peligrosa. Si no confiamos en los demás, y especialmente en quienes tenemos a nuestro lado, estamos quebrando fundamentos esenciales para la convivencia social, dirigiéndonos, como señala el catedrático de sociogía de la UNED José Félix Tezanos, hacia una “civilización que no comparte valores ni motivaciones y donde todo se vuelven simples particularismos”. O, dicho de otro modo, hacia una sociedad donde sólo podemos actuar de la forma más egoísta posible, como simples supervivientes.
http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2012/09/29/nos-ha-costado-mucho-llegar-hasta-aqui-y-ahora-nos-quedamos-sin-nada-106276/

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