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lunes, 7 de septiembre de 2015

Muere José María Ruiz-Mateos

José María Ruiz-Mateos, rodeado de sus seis hijos varones, haciendo...La caída del entramado empresarial de los Ruiz-Mateos, entre el fraude y la opacidad

  • Muere José María Ruiz-Mateos

  • El 23F de 1983, el Gobierno de Felipe Gonzalez expropia Rumasa por temor a una quiebra

  • 700 empresas, 65.000 empleados y unas ventas equivalentes al 2% del PIB

  • Sus vástagos fueron forjando en silencio Nueva Rumasa

  • Testaferros y sociedades instrumentales comandaban el nuevo imperio

Fraude, expropiación, opacidad, financiación piramidal y mucha, mucha polémica rodearon la trayectoria empresarial de José María Ruiz-Mateos. La colmena de Rumasa, primero, y la de Nueva Rumasa, después, terminó por deshacerse dejando un reguero de demandas en los juzgados de inversores estafados, de proveedores con facturas impagadas y de empleados con nóminas atrasadas.
La primera fecha clave fue otro 23F, pero de 1983. Aquel día, el Gobierno de Felipe González ordenaba la expropiación forzosa del holding por fraude a Hacienda ante el temor a una quiebra de un grupo que suponía, por aquel entonces, nada menos que el 2% del Producto Interior Bruto.
Protestas de afectados por la caída de Rumasa en el inicio del juicio, en 1997.La ausencia de auditorías externas, la obstrucción a la supervisión del Banco de España, las arriesgadas operaciones de autofinanciación y un vertiginoso crecimiento basado en adquisiciones desembocaron en una intervención estatal. Además, las deudas con la Seguridad Social y con Hacienda eran estratosféricas.
Según la auditoría encargada por el otrora ministro de Economía, Miguel Boyer, el agujero ascendía a 1.500 millones de euros.
En total, 700 empresas -aunque apenas 250 estaban activas- de diversos sectores, como alimentación (Trapa, Dhul), vinícola (Garvey o Paternina), bancario (Banco Atlántico era la joya de una veintena de entidades), hostelería (Hotasa), distribución (Galerías Preciados) o textil (Loewe), que daban empleo a 65.000 personas y facturaba 350.000 millones de pesetas (más de 2.000 millones de euros). El Gobierno procedió a la venta troceada del holding. Un proceso que culminó en dos décadas.
La familia comenzó peregrinando por los tribunales para reclamar un justiprecio -dinero que percibe todo expropiado- acorde a sus cálculos. Y mientras José María Ruiz-Mateos empezó a llamar la atención del público con actos de protesta hilarantes, sus vástagos fueron forjando en silencio una nueva colmena.

Nueva Rumasa, de la opacidad a los pagarés

Protestas de afectados por la caída de Rumasa en el inicio del juicio, en 1997.
El nuevo imperio era una colmena difícil de rastrear, con testaferros y sociedades instrumentales radicadas en el extranjero. Algunas empresas estaban a nombre de los seis descendientes varones, aunque en la sombra era el padre quien movía los hilos.
Esta vez el holding era más modesto, con un centenar empresas, alguna recuperadas del expropiado holding, con unas ventas de 600 millones de euros y una plantilla de 10.000 personas. En ocasiones adquirían a precio de ganga compañías en crisis y las reflotaban para venderlas con fuertes plusvalías. Otras veces, compraban participaciones minoritarias e impugnaban los acuerdos, llevando a la sociedad a una situación ingobernable que abocaba al resto de socios a recomprarles su participación, explicaba a EL MUNDO un antiguo ejecutivo de una empresa que vivió esta situación.
La opacidad caracterizó esta nueva etapa, pero fueron las necesidades de financiación las que obligaron a publicitarla. Y eso fue, precisamente, lo que arruinó de nuevo el imperio familiar. A través de la emisión de pagarés, prometían a los inversores (se contabilizaron 5.000) unos altos intereses, que con el tiempo se vieron incapaces de abonar. Se estima que captaron más de 100 millones de euros. La Comisión Nacional del Mercado de Valores advirtió en varias ocasiones sobre este producto y la Fiscalía Anticorrupción abrió un investigación, ante las sospechas de una estructura piramidal, en la que unos inversores servían para pagar a los antiguos, mientras la familia fue desviando dinero para financiar su tren de vida.
De nuevo, un febrero, pero de 2011, las mayores empresas del grupo solicitaron el concurso de acreedores, la antigua suspensión de pagos. Como un castillo de naipes fueron cayendo el resto de compañías.
Entre medias apareció sospechosamente un inversor conocido como el liquidador de empresas, Angel de Cabo, el mismo que se hizo con los restos de Marsans, quien compró lo que quedaba de Nueva Rumasa.
La estrategia judicial ha sido echar el muerto al patriarca, quien ya con una avanzada edad podría esquivar la prisión. Es de imaginar, pues, que los vástagos tienen mucho trabajo en los tribunales, pero a buen seguro que su actividad empresarial no cesa.

 http://www.elmundo.es/economia/2015/09/07/55ed671846163fb2668b4570.html

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