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sábado, 6 de junio de 2015

“Verificación del sexo”, la última humillación para las futbolistas

Sexualidad en la FIFA“Verificación del sexo”, la última humillación para las futbolistas

La FIFA obliga a las jugadoras a pasar una prueba de género para competir en el Mundial

"En las competiciones para hombres de la FIFA, solo los hombres pueden ser seleccionados para jugar. En las competiciones para mujeres de la FIFA, solo las mujeres pueden ser seleccionadas para jugar". Estas frases que parecen una perogrullada cacofónica pertenecen al punto 4 del Reglamento para la Verificación de Sexo de la organización que rige el fútbol mundial. Están dibujando en dos brochazos una realidad —la de la sexualidad humana— mucho más compleja y que, sin embargo, pende como espada de Damocles sobre la vida de las mujeres futbolistas. En concreto, de las jugadoras que no encajan en el estereotipo físico de mujer deportista, hasta el punto de amenazarlas con expulsarlas de sus equipos y someterlas a una humillación pública que algunas ya han sufrido.
Las mujeres que se nieguen a participar en este escrutinio humillante serán sancionadas. Y lo que es peor aún, las mujeres que no encajen en su género serán suspendidas", critica Karkazis
El sábado arranca en Canadá la Copa Mundial Femenina de fútbol y con el pitido inicial se habrá impuesto una normativa calificada como humillante tanto por expertas como por las propias deportistas (que prefieren tomarlo a broma en su mayoría): las jugadoras tienen que demostrar a la FIFA que son mujeres. Y lo que es peor, en cualquier momento puede desatarse una tormenta sobre una de ellas, basta con que un equipo considere que tiene "motivos y evidencias" de que una jugadora podría ser en realidad un hombre para iniciar una "investigación a fondo". Según el propio reglamento de la FIFA, se debe considerar "cualquier anomalía de las características sexuales secundarias", es decir, atribuciones físicas como pechos y caderas anchas en mujeres y vello corporal o musculatura en hombres. Todo para asegurarse de que las jugadoras "sean del sexo correcto".
"Esta política puede invitar fácilmente al abuso apuntando a las mujeres que no se ajusten a las normas de feminidad y someterlas a investigaciones humillantes y estigmatizantes", denuncia la doctora Katrina Karkazis, especialista en bioética de la Universidad de Stanford. Karkazis lleva mucho tiempo denunciando los criterios anticientíficos que organismos como el Comité Olímpico Internacional (COI) y la Asociación Internacional de Atletismo (IAAF) usan para tratar como a tramposas a mujeres, por ejemplo, con exceso de testosterona en sus cuerpos, como la corredora sudafricana Caster Semenya. Pero el criterio de la FIFA es incluso más irracional, a juzgar por la experta. "El castigo es severo. Las mujeres que se nieguen a participar en este escrutinio humillante serán sancionadas. Y lo que es peor aún, las mujeres que no encajen en su género serán suspendidas".

Césped que quema

La llegada del Mundial femenino ha estado cargado de acusaciones de discriminación sexual contra las mujeres por parte de la FIFA. Por primera vez en su historia, una competición de este nivel se jugará sobre césped artificial, más abrasivo, lo que provocó un motín de las principales jugadoras (la española Vero Boquete entre ellas) y una demanda por discriminación en los tribunales canadienses. Finalmente, las futbolistas tuvieron que dar su brazo a torcer porque la FIFA se negó a concederles siquiera que la final se jugara sobre hierba.
El organismo que dirige Blatter no se ha caracterizado hasta ahora por su sensibilidad de género, con una representación casi residual de mujeres en sus órganos de decisión. El propio mandamás de la FIFA dejó claro su respeto por el deporte que practican las futbolistas cuando sugirió que jugaran con pantalones ceñidos para atraer más interés.
La surcoreana Park Eun-sun, delantera de más de 1,80 metros, pasó por su personal calvario en 2013, cuando seis de los siete entrenadores de la liga coreana femenina llamaron a un boicot hasta que Park, reina de las áreas gracias a su físico, demostrara que no era un hombre. Su equipo lo calificó de atentado contra los derechos humanos. Ella se confesó en Facebook: "Me duele el corazón y es humillante. He pasado por las pruebas de género muchas veces y competí en la Copa del Mundo y los Juegos Olímpicos. Sé que estas personas están tratando de destruirme... Pero he trabajado muy duro para llegar hasta aquí y no me voy a dar por vencida tan fácilmente". Ahora juega en un equipo puntero ruso y regresa con su selección al Mundial donde cabe temer que su aspecto provoque nuevos comentarios hirientes.
La semana pasada, Doris Fitschen, gerente de la Federación Alemana de Fútbol, confirmaba al diario Bild que todas sus jugadoras habían pasado el examen de sexo. La prueba: los registros médicos en los que figuraba su última visita al ginecólogo. "No sólo es invasivo y una violación de la privacidad, además es poco científico", zanja Karkazis. La ciencia tiene claro que la sexualidad de las personas, las condiciones anatómicas y fisiológicas que caracterizan a cada sexo, está lejos de ser ese o blanco o negro que reclama la legislación de la FIFA. La prensa británica también publicó que las jugadoras inglesas han confirmado su sexo. Consultada por este periódico, una portavoz del equipo español (que debuta el 9 de junio en el Mundial femenino) aseguró que al equipo médico no le consta que deban comprobar el sexo de sus jugadoras, a pesar de lo que exige el reglamento.
"Cada vez hay más evidencias de la gran diversidad que hay en el sexo, que no es un sistema binario, ni mucho menos, y que depende de la genética, de la epigenética, del desarrollo, del entorno y de otras circunstancias que pueden ocurrir durante la vida de cada persona", explica Victoria Ley, responsable de Salud y Deporte del Consejo Superior de Deportes. El problema fundamental, a su entender, es que los conocimientos científicos no se están trasladando a la normativa deportiva. "No solo eso: se pretende que la biología se adapte a la legislación, lo cual es imposible. Lo lógico es que la ley se adapte a la biología", lamenta Ley.
Tabla de la IAAF para ayudar a los jueces a identificar atletas con altos niveles de testosterona en función de su cantidad de vello corporal.
De un primer vistazo, el problema es simple: ser hombre es una ventaja compitiendo con mujeres. En junio de 2011, tras aprobar este reglamento de verificación de sexo, la FIFA envió una circular (PDF) en la que aseguraba que "las hormonas androgénicas [básicamente la testosterona] tienen efectos que mejoran el rendimiento y pueden proporcionar una ventaja en el fútbol" y son, en último término, una de las pruebas definitivas para la FIFA, junto a exámenes físicos y reconocimientos de todo tipo. Pero se trata de un planteamiento que choca con lo que la ciencia nos ha permitido saber: no hay un nivel de testosterona que determine que un humano es hombre o mujer. Ni la testosterona ni otra hormona: "No existe un marcador biológico que sirva para determinar el sexo de una persona", zanja rotunda Karkazis. Esta normativa llegó justo con el anterior Mundial, cuando se acusó por su aspecto a tres jugadoras de Guinea Ecuatorial de ser hombres aunque no lo eran.
Un estudio publicado el año pasado concluía que "la definición del COI de una mujer como alguien que tiene un nivel de testosterona normal es insostenible". El estudio había sido impulsado por el propio COI, que posteriormente se apresuró a encontrarle pegas. Los resultados de un análisis de los niveles hormonales de casi setecientos deportistas olímpicos mostraron que el 13,7% de las mujeres tenían testosterona por encima de su rango típico y un 4,7% estaban directamente en el rango habitual de los hombres. Entre los atletas de élite masculinos, el 16,5% tenían niveles de testosterona por debajo del rango establecido y el 1,8% caían hasta el de las mujeres.
Victoria Ley explica que las normas deportivas han tenido que adaptarse a diferentes características biológicas y fisiológicas para establecer los límites en sus reglamentos, "límites que son arbitrarios, pues se trata de diferencias en un rango de continuidad y nunca son blanco o negro". Se establecen límites de peso, de edad y de sexo, pero no se establecen en muchísimos otros aspectos fisiológicos que afectan enormemente el rendimiento como la cantidad de eritrocitos, la masa muscular, la altura, etc. (siempre que se trate de condiciones naturales). "Se aceptan algunas ventajas si se han adquirido por el entrenamiento o son innatas, aunque sean consecuencia de mutaciones genéticas poco comunes, como la variante 577R del gen ACTN3 que tiene el 85% de los africanos y que ofrece claras ventajas en atletismo", asegura.
La opción más razonable es tener en cuenta únicamente la identidad sexual de cada individuo", indica Victoria Ley
"El razonamiento sobre los niveles de testosterona llevaría a descartar también a todos los deportistas de más de dos metros de altura... y ¡adiós a la NBA!", ironiza Ley. Karkazis publicaba la semana pasada en un artículo en la revista científica Science —antes de que se conociera lo que estaba sucediendo en el Mundial— que esta controversia sobre la sexualidad de las deportistas es de carácter "social y ético sobre cómo entendemos y enmarcamos la diversidad humana". Añadía: "Y esto tiene consecuencias muy reales sobre la vida de la gente". Víctimas del oprobio y la injusta descalificación como Semenya, las indias Dutee Chand (pendiente de los tribunales) y Santhi Soundararajan (que se planteó el suicidio), la española María José Martínez Patiño (suspendida en la década de 1980 en medio de una tormenta mediática y personal) o la coreana Park Eun-sun.
"En muchas ocasiones no es posible determinar el sexo de un individuo mediante parámetros biológicos y por lo tanto la opción más razonable es tener en cuenta únicamente la identidad sexual de cada individuo", indica Ley. Karkazis coincide: "Son mujeres que han vivido y competido como mujeres durante toda su vida. Sus documentos legales dicen que son mujeres. Así que, ¿por qué les están exigiendo verificación de sexo?". 

http://elpais.com/elpais/2015/06/01/ciencia/1433159953_245845.html

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